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jueves, 25 de agosto de 2016
Cliente frecuente en el café de esquina Libertador
En la mesa 3, hay una pareja ausente, cada uno concentrado en su móvil, mientras el mesero les deja una malteada de fresa. En la 5, un hombre que llega a los 50 inicia la sección de deportes de su diario y le da un último sorbo a su latte. A la derecha, una chica teclea su portátil tratando encontrar las palabras adecuadas para su ensayo. Y a la izquierda, sobre la barra, un adolescente juega desprevenido en su tableta. En la mesa ubicada justo al frente del ventanal, un par de mujeres chismea turnándose cucharadas de un pudín de chocolate. En la 8 estoy yo. Sobre mi mesa, un vaso de agua; sobre mi silla, mi AK-47 envuelta para la función.
viernes, 9 de enero de 2015
Retador
“Que se quede ahí”, suplica Matilde desde una de las tribunas que abarrotan el escenario deportivo. “Que se quede ahí, Virgencita del Carmen”, repite con el escapulario en la mano mientras el juez eleva su irreversible conteo hacia el diez. El campeón; apodado ‘La Bestia’, con un prontuario de noventa victorias de las cuales treinta son por nocaut: aguarda desde su esquina, mira con desdén a su oponente tendido en la lona y da saltitos para no perder el ritmo. El público grita emocionado cada vez que el árbitro suma un dedo al final del combate. “No te levantes, Juan de la Cruz”, susurra la esposa del retador y madre de sus dos pequeñas hijas. Lo conoce desde niño, cuando se rebuscaba dinero haciendo cosas que nunca aprendió a hacer bien: barrer pisos, cuidar perros, ordeñar cabras, apostar a la ruleta, vender enciclopedias, escribir poesía, tallar madera, fundir queso, pisar uvas y, de repente, pelear al box. “Por tus hijas, hombre de Dios”, reza Matilde: “quédate ahí”.
El inexperto púgil entreabre los ojos, escucha los gritos desesperados de los apostadores, apoya sus guantes contra el suelo y, tambaleando, se pone en guardia.
El inexperto púgil entreabre los ojos, escucha los gritos desesperados de los apostadores, apoya sus guantes contra el suelo y, tambaleando, se pone en guardia.
martes, 23 de diciembre de 2014
El vuelo del platanal
En la ciénaga del caribe colombiano, mientras las olas arrecian contra las rocas, una bandada de garzas suele asentarse en las cercanías de los lagos de junco formados por platanales. Las garzas se sienten cómodas en los humedales y por eso es fácil encontrarlas pisando fuerte sobre las aguas y escarbando peces para amenizar el hambre del atardecer. En una época del año, estas curiosas aves emprenden su vuelo surcando los cielos del río Magdalena, mientras los niños morenos y con el torso desnudo les señalan a sus padres las figuras maravillosas que deja a su paso la bandada. Sin embargo, aunque parezcan inanimados, los platanales que albergan a las garzas sufren especialmente la estación que marca su partida. Allí quedan, esperando la recolección del fruto de las familias cienagueras, pero, sobre todo, el retorno de esas aves zancudas y blancas que alegran el silencio del humedal. Un día, de pronto, las migratorias regresan para un evento sumamente especial. Entre los juncos y las totoras, las garzas forman su nido y dejan al cuidado de los platanales la suerte de sus crías. Cantan los pregoneros del lugar que no hay lugar más seguro para esos huevos, porque son las mismas matas de plátano las que protegen con su magia particular el futuro vuelo de los pequeñines que se asoman desde el cascarón.
Con este microrrelato despido el 2014. Si Dios y la imaginación me lo permiten, espero que nos leamos con más frecuencia el próximo año.
Con este microrrelato despido el 2014. Si Dios y la imaginación me lo permiten, espero que nos leamos con más frecuencia el próximo año.
martes, 29 de julio de 2014
Bala perdida
Roza a una pareja discutiendo en el parque de diversiones, pasa cerca de un niño al que su padre acaba de regalarle un copo de azúcar, mira de reojo al infiel que ya tiene preparada la excusa de esa noche, acaricia a la adolescente que planeó su fuga para dentro de dos semanas con el amor secreto que conoció por internet, atraviesa una lata de sardinas que explota en ochocientos cuarenta y nueve pedazos y perfora el centro del pecho del autor para terminar su recorrido en medio de su columna vertebral, no sin antes ejecutar un último balanceo.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Repeticiones
—¿Cómo es que se llama la niña?
—Valeria, abuela —repito—. Se llama Valeria. Y no es una niña. Es mi esposa.
—Ah, claro. Qué día lindo el que hace, ¿no?
—Sí, abuela. Es un lindo día.
—Mucho sol tan tremendo, ¿no?
—Por estos días está haciendo mucho sol, sí, señora.
—Gracias a Dios, ¿no?
—Sí, señora, hay que darle gracias.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—Me voy a trabajar después del almuerzo, abuela.
—Ah, sí. El almuerzo de hoy estaba lo más de bueno...
—Me alegra mucho, abuela. Mañana podemos comer otra cosa, si quiere.
—Huy, sí, es que ya estoy cansada del pollo.
—No hay problema. ¿Qué le provocaría?
—Pollo, mijo. Usted sabe que me gusta el pollo.
—Con mucho gusto, abuela.
—Mijo…
—Dígame...
—¿Cómo es que se llama la niña?
—Valeria, abuela —repito—. Se llama Valeria. Y no es una niña. Es mi esposa.
—Ah, claro. Qué día lindo el que hace, ¿no?
—Sí, abuela. Es un lindo día.
—Mucho sol tan tremendo, ¿no?
—Por estos días está haciendo mucho sol, sí, señora.
—Gracias a Dios, ¿no?
—Sí, señora, hay que darle gracias.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—Me voy a trabajar después del almuerzo, abuela.
—Ah, sí. El almuerzo de hoy estaba lo más de bueno...
—Me alegra mucho, abuela. Mañana podemos comer otra cosa, si quiere.
—Huy, sí, es que ya estoy cansada del pollo.
—No hay problema. ¿Qué le provocaría?
—Pollo, mijo. Usted sabe que me gusta el pollo.
—Con mucho gusto, abuela.
—Mijo…
—Dígame...
—¿Cómo es que se llama la niña?
miércoles, 5 de febrero de 2014
Par
Mis zapatos se me esconden. Aunque recuerde haberlos dejado al pie de mi cama, las mañanas son testigos de sus burlas luego de ver mi desespero para tratar de encontrarlos en algún lugar de la casa. No están debajo del colchón ni en los compartimentos de calzado. En días afortunados si acaso encuentro la mitad del par y en los peores, debo recurrir a viejos trucos que me permitan pasar desapercibido a pesar de que en realidad no puedo evitar salir descalzo. En un momento pensé que se debía a una casualidad sin importancia, pero en estos días no puedo dejar de pensar que los pasos que estoy dando no son los adecuados. ¡Bah! ¿Será paranoia o filosofía?
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Canciones y golondrinas
Mi abuelo me contaba la historia de un hombre que cada vez que entonaba una canción, nacía una golondrina. «Con cada nota», me decía, «el ave se va formando sobre la rama de un arbusto. Con la nota final, verás que está listo para emprender el vuelo». Yo, por supuesto, estaba convencido de que todas las cosas que me decía estaban relacionadas con los disparates inherentes a su vejez. Sin embargo, el día que eligió para despedirse de la familia, me llamó aparte y me susurró al oído mientras me entregaba la llave de un cuarto prohibido para mí. Mientras la familia se quedaba a su lado para darle el adiós definitivo, yo salía para develar el misterio de la habitación. La abrí y encontré una vieja guitarra recostada sobre una mesilla. Luego seguí el camino de unas partituras desparramadas por el suelo que conducían hasta un portón entreabierto. Alcancé a escuchar el gorjeo colectivo de las aves y los sollozos de mi padre a la distancia.
miércoles, 23 de octubre de 2013
Carrera de caparazones
Los días eran felices en la casa del abuelo. Cada sábado, sin falta, llegaba corriendo a buscar los caracoles que se trepaban por el inmenso árbol plantado en la mitad del patio. Solía tomar dos de ellos, ponerlos en el suelo y trazar una línea de partida y otra de llegada. Los ubicaba en posición y cuando los soltaba, me recuerdo arengándolos para que ganaran una competición que podía durar horas. Una tarde, después de llegar del sepelio del abuelo, regresé. Descubrí que habían dispuesto una barbacoa en lugar del árbol y mientras caminaba, escuché como el crujir de una hojarasca. Retrocedí y observé que en realidad había pisado el caparazón del que podría ser el último caracol de ese patio. Me acurruqué para verlo y volví a gritarle como antes. «Vive, por favor», le decía. «Vive».
miércoles, 16 de octubre de 2013
Objeto del misterio
Cada vez que mi hermano menor recibía un regalo, lo desbarataba para saber de qué estaba hecho. Lo recuerdo sacando la espuma de sus peluches, rompiendo sus carritos, destejiendo su ropa nueva. En mi papel de hermano mayor, siempre le advertía que alguna vez las cosas le cobrarían venganza. Sin embargo, él continuó perfeccionando cada vez más sus técnicas de destrucción con elementos más sofisticados: cámaras, ordenadores, electrodomésticos. Una noche, mientras descomponía una lavadora nueva, desapareció. Mi madre, después de años de llanto y de búsquedas fallidas, se niega a venderla.
viernes, 4 de octubre de 2013
Las narraciones alternas
Cuando de niño visitaba a mi padre, solía quedarme en la biblioteca del segundo piso. Durante horas, devoraba los volúmenes que arrumaba en sus repisas y, con frecuencia, caía rendido después de largas horas de lectura. Pero lo extraordinario no eran las historias de cada libro, sino los resaltados fosforescentes sobre los párrafos que revelaban una pista determinante de la narración y, sobre todo, las notas que mi padre escribía sobre las márgenes en blanco. De repente, las ficciones alternativas que descubría alrededor de las de García Márquez, Flaubert y Steinbeck me resultaban más fascinantes que las de los mismos clásicos. Rebuscaba indicios en los libros, revisaba las frases destacadas, escudriñaba las anotaciones en lápiz y, en más de una ocasión, me obsesionaba con las fechas desparramadas al azar en las páginas que indicaban las horas y los días de la acabada lectura. Incluso, estaba convencido de que las puntas plegadas sobre los textos y que los verbos encerrados en rectángulos con esfero establecían secretos que yo me veía obligado a develar. Cada señal evocaba en mí una nueva razón para cazar las estelas que mi padre dejaba con el fin de que yo encontrara su narración oculta. Adulto ya, curtido en el arte de encajar misterios después de años que ya no podré recuperar, lo visité de nuevo y le entregué el manuscrito con la resolución de todos los arcanos. Me miró con recelo, ojeó mis folios y los arrojó sobre la mesa del comedor. «No se lo digas a nadie», musitó.
miércoles, 2 de octubre de 2013
Visita
Los gritos de los niños han cambiado por el trino de los petirrojos. No reconozco el día hasta que salgo al solar y observo a la nieta de la señora Carrasco leyéndole las noticias de la semana. «Domingo», pienso. «Es domingo». Si no fuera así, estaría con Patricio, entregándole mis horas al póquer. Pero es domingo y, aunque odie el sol, esperaré sentado que la visita de Patricio se canse y que llegue la hora de la cena. Sé qué sucederá. Los años me han colmado de paciencia y por eso me entrego. Camino lento, arrastro mis sandalias y me confío a la banca de los lamentos. Así le decimos con Patricio. La enfermera se me acerca y me habla al oído. Encojo los hombros, mientras ella me asiste para que me ponga de pie. El trino de los petirrojos ha cambiado por el murmullo de las luciérnagas.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Voz propia
En una playa, vaya y venga. ¿Pero en una ciudad determinada por la vorágine? No era común, pero ahí estaba: acostada sobre asfalto crudo que se muestra testigo de los viajes matutinos, de los ires cotidianos, de los transeúntes extraviados. Ahí la vi, enconchada como el niño asustado y sólida como el guerrero con acero. Su esmalte cristalino asemejaba los colores del Caribe y sus costillas verticales parecían entonar vallenatos de viejos pregoneros. Anhelante de conocer los misterios del océano a los que la urbe me limitó, levanté la caracola —tal como indica el mito popular— la acerqué a mi oído y escuché, tímido entre el viento y los navíos, el murmullo del mar.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
El hombre sin imaginación
Se encuentra frente al papel en blanco, evoca memorias en una línea de tiempo sin matices, ausente de anécdotas fútiles o de variaciones propias de la inconsciencia. Su reflexión es estéril; sus recuerdos, fotografías idénticas a los hechos; sus intenciones, solo contundentes reproducciones de la realidad. Su dificultad radica, de manera precisa, en esa característica definitiva que lo aleja de cualquier interpretación comprometida con la ficción, en su imposibilidad manifiesta de crear un escenario distinto al que le propone la quimera. Sigue ahí, paralizado como un amante recién abandonado, frente al papel en blanco.
miércoles, 28 de agosto de 2013
Apología de los ogros
En estos tiempos, donde tanto se propende por la igualdad de las especies, hay una que aguarda ser reivindicada de manera definitiva. Escondidos en sus cuevas, humillados en medio del hedor de los pantanos, los ogros esperan. Temidos por sus gigantes fauces, juzgados por su incapacidad de dialéctica y despreciados por habitar entre el légamo, los ogros lloran desde las profundidades de sus grutas. Condenados a la soledad, mientras degluten cervatillos, suplican la aceptación social desde su torpeza. Acurrucados en la oscuridad que les destinó el repudio público, sueñan con desmitificar su fama de seres atroces para ser conocidos, de una vez por todas, por su extraordinario don de la ternura.
miércoles, 14 de agosto de 2013
Origen
Los avances de la ciencia han permitido erradicar de manera concluyente muchas teorías acerca del origen del universo. Y claro, la religión ha contribuido con lo suyo. En todo caso, cualquier tipo de acercamiento previo a la conformación de lo que conocemos como cosmos no termina siendo otra cosa que una vil conjetura a partir de mi teoría después de años de estudio dedicado a encontrar una respuesta. El espacio sideral, los aros de Saturno, la porción terrestre de la Tierra, los cúmulos nimbos, el granizo, el sonido del viento, los pétalos del girasol, los idiomas, los milagros, los rascacielos, la bombilla eléctrica, el pisco sour, Nadia Comaneci, el silencio, el amor y la totalidad de lo que compone el universo está contenido en una cápsula flotante que lo imagina todo en medio de la nada. Es decir, no existe. Ni la historia de la humanidad ni las particularidades del tiempo. Ni siquiera, esta teoría.
miércoles, 3 de julio de 2013
Desde el balcón
Desde el balcón puedo verlo todo. Veo a la vecina, invitando a un desconocido a sentarse en el sofá, intuyo que le propone ponerse cómodo, porque se acerca al bar y abre una botella de vino. Veo cómo se le insinúa, como se abre coquetamente la blusa y se le sienta al lado. Veo al desconocido brindando con ella, secreteándole al oído mientras ella se ríe y ladea la cabeza para dejarle el cuello como anzuelo. Veo el momento en el que el desconocido se le lanza a la vecina y le sella un beso. Veo a la vecina abrazándolo y luego alejándolo sin convicción. Veo que él no hace caso y la veo a ella rompiendo a carcajadas. Veo a la vecina tomando al desconocido de la corbata y llevándoselo al cuarto contiguo. Veo cómo el desconocido lanza a la vecina a la cama. Los veo a ambos desnudándose sin recato alguno mientras alternan los besos con los mordiscos. Veo la puerta del apartamento que se abre. Veo al vecino entrar. Lo veo todo.
miércoles, 19 de junio de 2013
Precios de la muerte
La muerte es un buen negocio. El problema en realidad solo es uno. De resto, ganancias por todo lado. Mire, ataúd ciento por ciento en roble con acabados y todo, sale por cinco millones novecientos, el servicio de velación o tanatorio le sale en millón cuatrocientos y para que los clientes no se preocupen por el tema del registro de defunción, nosotros nos encargamos de todos los trámites por un millón. Como valor agregado, ofrecemos el servicio de transporte en coche fúnebre por doscientos mil, el de tanatropasia para maquillar al difunto por doscientos también y nos encargamos del oficio religioso por un costo de cien mil pesos. En caso de que el cliente quiera algo más como flores o arreglos, o prefiera la cremación, el costo varía, pero en general, la familia termina pagando más o menos ocho millones por todo. Nuestro problema, como le digo, solo es uno. Los vivos.
miércoles, 3 de abril de 2013
Rarezas de la reflexión IV
Mi espejo no refleja cómo me veo, sino cómo me siento. En eso radica el conflicto diario al que me veo enfrentado cuando me miro en él. A mala hora se me ocurrió comprárselo a ese viejo en la feria de antigüedades. El caso es que ya no me puedo deshacer del perverso objeto. Por más que quiera arrojarlo lejos, no puedo evitar querer ver cómo será mi rostro cuando consiga todo lo que he soñado después de todos estos años. Hasta ahora —lo reconozco—la situación es desalentadora. El maldito espejo solo me devuelve la imagen de la frustración.
Aprovecho este microrrelato para invitarlos a La Inter, donde hoy publicamos Destellos en el cristal, una antología exclusiva de 77 microrrelatos con autores de todo el mundo que tienen al espejo como temática central. Allá los espero.
Aprovecho este microrrelato para invitarlos a La Inter, donde hoy publicamos Destellos en el cristal, una antología exclusiva de 77 microrrelatos con autores de todo el mundo que tienen al espejo como temática central. Allá los espero.
miércoles, 16 de enero de 2013
Encuentros
A Eduardo Berti
Es innumerable la cantidad de mensajes que hemos intercambiado. La primera vez que le escribí fue gracias a un artículo de su autoría en un diario local que contenía sus datos de contacto. Estaba entusiasmado de encontrar a otra persona tan afín a mí con respecto a la literatura fantástica. Recuerdo que su respuesta no demoró más de un par de días. En cada mensaje ratificábamos la coincidencia de nuestros gustos y reafirmábamos la orientación de nuestras críticas. Opté entonces por enviarle una serie de textos para conocer su opinión. Debo reconocer que no advertí el impacto que me causaría su respuesta. Según él, estaba a punto de enviarme un proyecto que contenía ideas muy similares a las mías y encontraba pasajes que resultaban prácticamente idénticos. Cuando recibí sus cuentos, fui testigo de nuevas similitudes. En la gran mayoría de sus relatos, había elegido el mismo tipo de narrador que yo e, incluso, algunos diálogos entre sus personajes apenas se diferenciaban de los míos por las voces propias de nuestros países. Después de la información intercambiada, concluimos que ambos contábamos con las mismas referencias, con fuentes parecidas y con recursos asombrosamente semejantes.
Decidí que debíamos conocernos. Desde que accedió, conté los segundos hasta verlo en el aeropuerto. Sin claves ni carteles, ambos nos reconocimos de inmediato. Sin embargo, algo pasó producto del abrazo que elegimos como saludo. Desde ese momento, me cuesta reconocer a los miembros de mi familia, confundo con frecuencia los lugares que visito y olvido permanentemente las ideas que antes empleaba para escribir. Ni siquiera sé si este texto es mío o de él.
viernes, 11 de enero de 2013
Las líneas de la mano
Aquí veo fortaleza y tesón, consecuencias clásicas de una infancia enmarcada por la ausencia de figura paterna. Dolor y ensimismamiento se cruzan en el camino a causa, quizá, de burlas e improperios propios de la crueldad infantil, es decir, de niños de su misma edad que anidaron en usted toda esperanza de broma pesada. Lo veo claro: aquí aparece un romance, es breve, es fugaz, pero es intenso. Aunque también veo que de nada valdrá mi advertencia. Su línea de la vida no se cruza con su línea del amor. Es más, llega justo hasta aquí. Son veinte con cincuenta.
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