lunes, 7 de diciembre de 2009

Carne

—¡Kalij! —gritó la madre—. ¡Te he dicho mil veces que no te metas porquerías en la boca!
El niño, obediente, retiró el lomo de res de su plato y se sirvió un trozo de muslo humano.

13 comentarios:

Víctor dijo...

Encontré este relato muy parecido a "Mito", tanto en la estructura como en la resolución, por lo que debo decirte que me gustó. Rápido, con humor, directo. Aunque puede que se pueda mejorar algo. No sé en qué, pero creo que se puede condensar más. La anécdota es buena y tiene posibilidades.

Un saludo.

Martín dijo...

Me gustan los relatos que se limitan a un pequeño diálogo y una solución rápida desde el humor. ¡Que mal gusto tienen los protagonistas!

Nancy dijo...

¡Agggggggggggggggggggggghhhhhhhh!

psicoisapecat dijo...

¡Menudo cuento! Irónica anecdóta canibalesca.
Isabel

Lau dijo...

Mal gusto. Esa es la palabra.

Ananda Nilayan dijo...

Dos opciones a mi comentario, para que gustes quedarte ambos o el que prefieras:

1.- AAAGGGGG!!!!

2.- Obediente Kalij, el hijo que toda madre casi quisiera tener.

Saludos!!!

(Seguro que nadie queda indiferente jajajaja)

Lauri dijo...

Impresionante imaginar la pierna propia en el plato de otro...

Naida dijo...

Buen niño, hace caso.
¡Me gustó mucho!

Anónimo dijo...

No me gustó.

Esteban Dublín dijo...

Víctor, tienes razón: conserva la misma estructura. Me alegra que haya sido agrado. Un abrazo grande.

Martín, qué bueno. Y tienes razón, el mal gusto de los protagonistas es de fábula.

Nancy, ¿feo, no?

Isabel, estoy de acuerdo contigo. Es una anécdota.

Lau, así es, pero a ellos les gusta así. Todo es cuestión de perspectiva.

Esteban Dublín dijo...

Ananda, me quedo con ambos. Gracias.

Lauri, ¡qué horror! No me quiero imaginar.

Naida, eso es lo que yo llamo ver las cosas de otro modo. Es un niño educado, sin duda, bajo parámetros extaños para nosotros, pero educado al fin y al cabo.

Estos anónimos siempre me sacan una sonrisa. Lo primero, amigo de la máscara, es que está en todo su derecho de que no le guste. De eso se trata. Y lo segundo es que no tiene que esconderse detrás de nada para dar su opinión. Aquí se le respeta y se le agradece.

Salemo dijo...

El cuento, muy bueno.
Ahora la refelexión: a mí mas de una vez me vinieron ganas de morder un muslo, pero la vez que quise hacerlo sin permiso de la señorita dueña del mismo, recibí una bofetada.
No entiendo a las mujeres.

Esteban Dublín dijo...

Jajajajajaaj. Ay, Miguel, me identifico contigo. Tal vez por eso, aunque ganas no me faltan cuando he conocido a una señorita, es que he preferido la prosa para que la mordida respectiva sea consentida. Un abrazo.