viernes, 9 de enero de 2015

Retador

“Que se quede ahí”, suplica Matilde desde una de las tribunas que abarrotan el escenario deportivo. “Que se quede ahí, Virgencita del Carmen”, repite con el escapulario en la mano mientras el juez eleva su irreversible conteo hacia el diez. El campeón; apodado ‘La Bestia’, con un prontuario de noventa victorias de las cuales treinta son por nocaut: aguarda desde su esquina, mira con desdén a su oponente tendido en la lona y da saltitos para no perder el ritmo. El público grita emocionado cada vez que el árbitro suma un dedo al final del combate. “No te levantes, Juan de la Cruz”, susurra la esposa del retador y madre de sus dos pequeñas hijas. Lo conoce desde niño, cuando se rebuscaba dinero haciendo cosas que nunca aprendió a hacer bien: barrer pisos, cuidar perros, ordeñar cabras, apostar a la ruleta, vender enciclopedias, escribir poesía, tallar madera, fundir queso, pisar uvas y, de repente, pelear al box. “Por tus hijas, hombre de Dios”, reza Matilde: “quédate ahí”.
           El inexperto púgil entreabre los ojos, escucha los gritos desesperados de los apostadores, apoya sus guantes contra el suelo y, tambaleando, se pone en guardia.

1 comentario:

Carlos de la Parra dijo...

Cierto.
Levantarse medio noqueado con un contrincante más fuerte puede traer alguna desgracia, pero cada boxeador sabe su límite.
Y mucho depende de la evaluación del árbitro.
Hoy día se protege más al boxeador.