miércoles, 1 de febrero de 2012

De por qué a la entrada de un pueblo en ruinas se encuentra un kilómetro de zapatos

          Vuelvo. En señal de respeto ante los caídos, me quito los zapatos y los dejo a la entrada, justo antes de pisar el suelo bañado por la tragedia. Después de tantos años, regreso a este pueblo del que ya solo quedan escombros. Mientras camino, trato de reconocer los lugares que me vieron crecer, pero nada me resulta familiar. La desolación del lugar me indica que la lava del volcán que se desbordó aquella noche no solo arrasó con los lugares, sino también con los recuerdos. Lo único que me guía son los epitafios, clavados sobre la lava seca, justo encima de las viviendas que ahora se clasifican como desaparecidas. Sobre las inscripciones solo se encuentra tallado el apellido de la familia, como si los nombres de pila bautismal también se hubieran esfumado esa noche de cuarto creciente. Cada apellido me evoca algo: el olor al pan fresco de la casa de los Muñoz, los partidos de fútbol en el solar de los Amézquita, la inusual belleza de primogénita en la ventana de los Ibarra, los juegos de cumpleaños a las escondidas en el patio de los Restrepo.
          Al fin llego a la que era mi casa. Debo estar parado sobre los huesos de mis padres y mis hermanos, sepultados en fracciones de segundo por la furia de un volcán que nunca avisó. Me hinco y cierro los ojos. Lloro en silencio. Cuando me levanto, siento una brisa húmeda sobre mi rostro, pista inequívoca de que los fantasmas, que aún gritan de dolor, se alegran de ver a un conocido. Es hora de partir. Aunque no detallo mis huellas, sé que los vestigios de mis pies descalzos sobre la escoria son un grito de esperanza para las víctimas de este lugar: el saber que uno de cientos de miles sobrevivió a la cólera de la naturaleza esa fatídica noche. No recojo mis zapatos. Los dejo ahí. Es mi manera de decirle al destino que pude escapar de su fatalidad.

9 comentarios:

Mei Morán dijo...

Bien retratado el paisaje lúgubre. Algunas frases me hicieron pensar en la fantasmagoría de Pedro Páramo.
Saludos Esteban

Verónica C. dijo...

Te felicito, Esteban, es un relato grande que se crece. Y es hermoso y te mueve por dentro.

Abrazos

Melvin Rodríguez Rodríguez dijo...

Golpea fuerte usando una prosa suave. Me gustó que te lanzaras a escribir algo un poco más largo. Te pregunto, además de los micros ¿escribes cuentos (no quiero decir cuentos largos ni normales, pero cuentos de varias páginas)?

Sergio Cossa dijo...

Una tumba para los seres queridos... no importa cómo y donde. Lo necesario es que exista.
Un relato triste que termina hablando de la vida, más que de la muerte.
¡Saludos!

Pablo Gonz dijo...

A tu literatura le vienen bien la seriedad y la distancia.
Abrazos admirados,
P

Angela María dijo...

Un relato muy conmovedor, me hizo evocar de lo que cuentan de la tragedia de Armero.

Pasa a mis favoritos.

Un beso

Salemo dijo...

Me gustó mucho el tono del relato; Esteban.Múltiples ocupaciones no me han dejado pasar muy seguido y veo casi con sorpresa este relato un poco más extenso de lo habitual. Creo que ya declaré por ahí sobre mi gusto por las extensiones y desarrollo de las tramas y los personajes, aún escribiendo y leyendo micros admirables y como alguien más comentó, creo que es una faceta que seguramente, a juzgar por el resultado de este relato, te sentaría muy bien.Eso si, muy probablemente te harías adicto como yo, tené cuidado.
Ganándome la aversión de tus múltiples lectores de tus "brevísimos", aprovecho para saludarte y reiterar mis felicitaciones.

Esteban Dublín dijo...

Mei, es una comparación osada y peligrosa, pero te la agradezco mucho ya que el maestro Rulfo me ha dado muchas lecciones.

Verónica, te lo agradezco mucho. Tanto como tus frecuentes visitas.

Estimado Melvin, he escrito dos novelas. Una de 120 páginas y otra de 100. Muy joven, la verdad, y no sé si hoy me gusten. Mucho tiempo escribí cuentos que llegaron hasta las 15 páginas. Sin embargo, desde hace cuatro años me dedico primordialmente al microrrelato, aunque también escribo reseñas un poco más extensas y algunos artículos de hasta cinco cuartillas. Hablando una vez con la esposa de un querido amigo escritor, Manu Espada, llegamos a la conclusión de que mi proceso literario había sido diferente al de él. Sin embargo, con el tiempo llegué a la conclusión de que la extensión no tiene nada que ver con la calidad literaria. A las novelas de García Márquez no les quitaría una coma, pero a muchos hiperbreves que leo por ahí, incluso muchos que escribo, les falta esencialmente contar una historia, es decir, todo.

Sergio, tu interpretación me emociona. Gracias por tus palabras.

Esteban Dublín dijo...

Pablo, todo lo que le venga bien a mi literatura es bienvenido. Te envío un fuerte abrazo y te agradezco la visita. Siempre eres bienvenido aquí.

Angelita, originalmente no fue pensado así, pero la historia me fue llevando hacia ese territorio, sin que yo se lo pidiera. Al final, el resultado nos satisfizo a ambos.

Miguel Ángel, he visto con frecuencia el gusto que tienes particularmente por los relatos más largos. Sin embargo, reitero que la extensión no tiene que ser un factor de límite para expresar lo bueno o malo de un texto. Eso se define en sí mismo por lo que es, por la profundidad de lo que dice y por la maestría que se le imprime a lo que se escribe. Abrazos.