viernes, 20 de mayo de 2011

Minotauro

Engendro de Pasífae, venganza de Minos. Mitad hombre, mitad toro. El terror de los atenienses. Cada nueve años, jóvenes vírgenes llegaban al laberinto y, al verse acorralados, caían rendidos ante él. Los encontraba y los devoraba, chupándoseles hasta el último gramo de sangre y tragándoseles hasta el tuétano. Aquí quedaron los gritos de dolor y las huellas del espanto. Después de tantos años, aún vemos sus fantasmas tratando de encontrar una salida, recorriendo los pasillos sin rumbo. Un día, un hombre lo cambió todo: Teseo. Llevaba su espada y una madeja de hilo. Encontró a la bestia durmiendo y aprovechó para clavarle su hierro. El hombre contra el animal, la espada contra el hacha. Fue una batalla feroz, pero fue el hombre quien dio el golpe de gracia. Desde ese día, Creta no es lo misma. Todo se vino abajo. La decadencia y el olvido. Se preguntarán cómo sabemos todo esto, pero aunque es un misterio que ni los guías pueden explicarle a los turistas, quizá les baste con saber que al construirlo, en el imposible del laberinto de Dédalo, también estaba contemplada la capacidad de habla de nosotras, las paredes.

10 comentarios:

Patricia Nasello dijo...

Encanto de micro!!!

Mauricio Duque Arrubla dijo...

Seguramente fueron también las paredes las que contaron a Borges la versión que narra en La casa de Asterión.
Un saludo, Esteban

Angela María dijo...

Un final inesperado.

No Comments dijo...

Muy bueno el tono mitológico y el final sorpresivo. Nadie contó con las paredes, ni yo, jeje

Un saludo indio

Anónimo dijo...

Otro recuerdo de Asterión. Borges no desconoció la magía de una bestia y un laberinto, o de un laberinto en la bestia. Me gustaría recomendar la minificción de Ruben Dario Otalvaro: "Minotauro". También ahí está su sombra, y dentre de ellá, la de Pasifae erótica.

Paul Dávila

Gi dijo...

Muy lindo, fantásticamente sorpresivo. ¡Felicitaciones!

Esteban Dublín dijo...

Patricia, encantado de que te encantó.

Mauro, estoy seguro de que así fue.

Angelita, antes que el final, me quedo con el escenario.

Esteban Dublín dijo...

David, nadie las cuenta, pero escuchan, y hablan.

Querido Paul, el microrrelato de Rubén Darío es excepcional. Pasifae y Minos, Dédalo y Teseo cobran importancia a partir del minotauro, ese hijo extraño que llegó para quedarse para siempre encerrado en ese extraño laberinto.

Gi, gracias por tus palabras.Un beso.

Metalsaurio dijo...

No hay contenido sin continente, ni continente inconsciente. La de historias que le habría contado el minotauro a las paredes antes de cruzarse con Teseo!

Muy buen relato.

Un saludo, crack.

Esteban Dublín dijo...

No hay literatura sin historia, Metalsaurio. Privilegiados nosotros de tener en nuestras bibliotecas imaginantes que nos nutren con historias fabulosas.